El final de la música


Se cumplen cuarenta años de la publicación de El final de la música, el primer gran ensayo sobre punk cuyos autores fueron un puñado de legendarios terroristas culturales

Durante las navidades de 1982 Dave Wise, uno de los fundadores de King Mob, recibió una invitación para encontrarse con Guy Debord, el legendario y «último» situacionista que vivía rodeado de un aura de leyenda y misterio. Wise representaba el tipo de activista con el que había compartido ciertas tesis, ideas y fuerzas durante el terremoto de los sesenta. Pero los ochenta parecían haber convertido todo en tierra quemada. Debord era una especie de Príncipe de las Tinieblas. Hacía su vida casi en secreto. La prensa perseguía una foto suya, algo muy complicado, al tiempo que le atribuía conexiones con la mafia o el terrorismo. Su fama le precedía. Wise, sin embargo, declinó la oferta: «No acepté la invitación, porque para entonces no compartía ese halo de espectacularidad de Debord, sobre el que se decía que era el último genio. La adoración hacia el héroe hacía que me sintiera incómodo», me confesó en una ocasión.

 Pintadas de King Mob con citas de William Blake (1968)

Pintadas de King Mob con citas de William Blake (1968)

Los revolucionarios abrazaban el pop, el rock and roll visceral, la anarquía musical. Pero Debord había rechazado el pop, lo mismo que King Mob. En sus películas los icónos pop comparten plano con el capitalismo y la guerra. Sus gustos eran los de alguien que había crecido en el París de los años cincuenta, en locales de jazz y noches interminables. El rock and roll no le interesaba. La música, en general, muy poco. King Mob, a finales de los sesenta, criticaron al movimiento hippie y a los músicos pretendidamente rebeldes. Se situaron al lado de las subculturas más callejeras y agresivas, soñaron con un motín generalizado. Pronosticaron el final del sueño hippie con la llegada de los festivales y no se equivocaron. Una década más tarde, mientras Michelle Bernstein, entonces pareja de Debord, veía a Sex Pistols por televisión y confesaba que podían haber sido «unos de los nuestros», Debord vivía al margen de las proclamas de rebelión y caos del punk. Lo mismo que King Mob. Sin embargo, sus integrantes vieron en el punk un principio de subversión, una potencia que podía convertir el nihilismo pasivo en activo. Una posibilidad, aunque mínima. No creyeron mucho en ella. Repitieron lo que ya habían dicho una década antes: «Músicos, destrozad vuestros instrumentos», el gesto de Pete Townshed anunciado muchas décadas antes por los dadaístas y fluxus.

La radicalidad y acciones de King Mob, activos entre 1968 y 1970, e inspirados en los Motherfuckers americanos, los situacionistas y movimientos «antiarte» como Dadá, irradiaron en ciertos círculos del primer punk. Inspiraron las nociones de desvío y provocación. «King Mob alababa y practicaba el nihilismo activo —cuenta Dave Wise en el prólogo a El final de la música, incluido en King Mob. Nosotros el Partido del Diablo—. Desesperado, uno de nosotros dijo y escribió: «Revolucionarios, un esfuerzo más si deseáis ser nihilistas», mejorando de este modo el familiar comentario “sadiano” utilizado por los situacionistas en sus mejores tiempos. Aunque, por buenas razones, en 1969 sentimos que la práctica del nihilismo activo debería dirigirse contra las pretensiones pseudorevolucionarias de la extrema izquierda del capital especialmente marcadas por aquellos que insistían en aceptar un trabajo convencional. Se mostró un tremendo interés en la práctica de los individuos de conducta desviada: los psicóticos, los que habían sufrido un colapso mental (estaba de moda eso de haber pasado por un psiquiátrico) y los delincuentes de poca monta. Las manifestaciones de odio más desquiciadas contra la actual organización de la sociedad eran acogidas con fascinación —Jack el Destripador, la asesina de niños Mary Bell, John Christie—, incluso escribimos con spray un gran eslogan que decía “Christie lives” (Christie vive) frente a las antiguas caballerizas de Rillington Place, donde él vivía en Notting Hill».

  King Mob  #2 (1967). En realidad, se trata de un diseño y texto tomado del grupo de Nueva York Motherfuckers /  Black Mask

King Mob #2 (1967). En realidad, se trata de un diseño y texto tomado del grupo de Nueva York Motherfuckers / Black Mask

Los niños observan atónitos la escena y algunos incluso lloran. El entrañable Santa Claus camina esposado. Una señora, estupefacta, le grita a Santa Claus: «¡Eres un hippie loco!»

Fueron una de las principales influencias de Malcolm McLaren o de gente como Fred Vermorel, entre muchos otros, como la brillante comunidad punk de Leeds (el antiguo miembro de la sección inglesa de la Internacional Situacionista T. J. Clark, entonces profesor en Leeds, entre cuyos alumnos estaban los futuros Gang of Four o Mekons) o Manchester (Tony Wilson, el gran empresario postpunk interesado en el situacionismo y, años antes, miembro de un grupo situ llamado Kim Philby Dinning Club). McLaren reclamó la paternidad de una de las acciones más famosas de King Mob, aquella que anunció el «punk», o al menos su estilo, una década antes de que apareciera la palabra: Navidades de 1968. Selfridges, centro de Londres. De pronto, irrumpe un Santa Claus entre las familias que entran y salen del local. «¡Ho!, ¡ho!, ¡ho!», ríe el hombre vestido de rojo y con barba blanca. Los niños se agolpan a su alrededor cuando comienza a repartir juguetes. La escena es festiva y alegre. Pero entonces llegan más personas. Un grupo formado por más de una veintena de miembros de King Mob reparte panfletos a las puertas del centro comercial. Las octavillas culpan a los ingleses por su mala producción, su falta de conciencia con el espíritu de trabajo genuinamente inglés, por su holgazanería, por todos y cada uno de los males que azotan el país. Es un panfleto horrible, cínico, trágico. El caos se adueña del lugar, apareciendo varios guardias de seguridad y numerosos policías, que no dudan en llevarse detenido a Santa Claus. Hay gritos y empujones. Los niños observan atónitos la escena y algunos incluso lloran. El entrañable Santa Claus camina esposado. Una señora, estupefacta, le grita a Santa Claus: «¡Eres un hippie loco!».

 Stuart y Dave Wise, autores de  El Final de la Música  en la actualidad

Stuart y Dave Wise, autores de El Final de la Música en la actualidad

The End of Music se escribió tras unas estancias en Italia, España y Portugal por parte de la diáspora de antiguos miembros del grupo, alguno de los cuáles estuvo en la clandestinidad o abrazó revoluciones como la portuguesa. El panfleto fue un esfuerzo colectivo, aunque en su mayoría es reconocible la mano de los hermanos Wise. Fue publicado a mediados de 1978 (hoy se cumpliría su cuarenta aniversario), pero por entonces no tuvo una gran difusión, hasta que más tarde fue reimpreso por Solidarity, el colectivo inglés que hacía las veces de Socialismo o Barbarie, la organización neomarxista francesa. The End of Music se publicó bajo la firma de Joe Soap Intellectuals. Cuando fue reeditado en Glasgow, se cambió su título, que inicialmente era el menos espectacular Punk, reggae: a critique, sin comunicárselo a sus autores originales, que se enteraron de la nueva edición a comienzos de los ochenta.

Original de The End of Music (1978)

El texto es despiadado, lúcido, el más radical y, desde luego, el primer ensayo sobre un fenómeno punk ya en retroceso, convertido en masivo y, sobre todo, previsible

El texto es despiadado, lúcido, el más radical y, desde luego, el primer ensayo sobre un fenómeno punk ya en retroceso, convertido en masivo y, sobre todo, previsible. Muchos se apearon de aquel carro. Los músicos industriales los primeros, aunque la mayoría estaban a años luz en extremismo que los enfant terribles punks: «El Punk es el reconocimiento de que a la música no le queda nada por decir, pero aún puede hacerse dinero de la total bancarrota artística simplemente actuando como un sustituto secundario para la autoexpresión creativa en nuestras vidas diarias. La música punk, como todo arte, es la negación de que lo revolucionario provenga del proletariado»

El ensayo era arriesgado. Lanzaba conjeturas, predicciones y frases lapidarias apenas un año y medio de existencia más o menos oficial del punk inglés. Sus autores habían visto el resurgir de un nuevo tipo de situacionismo que calificaron de «punk». No solamente por el hábil McLaren, sino también por Bernie Rhodes, manager y artífice de The Clash, que prácticamente «robó» a Joe Strummer de las manos de los 101 ers, su anterior banda, tras reclutar a gente de una banda mediocre, pero con un gran nombre, llamada London SS, y convirtió las letras de amor en manifiestos políticos. Rhodes estaba fascinando por el situacionismo y su estrategia de subversión. El día en que se plantó en la comuna en que vivía Strummer junto a sus colegas de banda, hubo un agrio enfrentamiento entre estos y el ya odioso Rhodes, que repetía sin cesar la palabra «situacionismo». Sobre Rhodes parecían planear algunos pasajes de El Final de la Música: «Los managers del punk desean modificar el sistema de superestrellas, pero solo pueden hacerlo en lo referente al espectáculo en sí mismo. Algunos de sus apologistas más sofisticados afrontan el problema del espectáculo, pero de un modo muy poco entusiasta. Al fin y al cabo, pondrían sus trabajos en peligro si fueran más lejos. El poeta rock Charles Shaar Murray dijo en New Musical Express el 9 de julio de 1977: «Ahora tenemos un nuevo tipo de estrella del rock, y, como todas las demás clases de estrella, surge de un intento de destruir el sistema de estrellas».

 Joe Strummer, Mick Jones, Mikey Dread y, a la izquierda, Bernie Rhodes

Joe Strummer, Mick Jones, Mikey Dread y, a la izquierda, Bernie Rhodes

 The Clash fotografiados por Bob Gruen

The Clash fotografiados por Bob Gruen

«Ahora tenemos un nuevo tipo de estrella del rock, y, como todas las demás clases de estrella, surge de un intento de destruir el sistema de estrellas».

Los músicos punks se habían rendido ante el rude boy, la música jamaicana, el negro rebelde que inmortalizó Don Letts paseando con desparpajo en un disco de The Clash al incluir una fotografía tomada durante los disturbios en el carnaval de Notting Hill. Pero en 1978, el año de El final de la música, se entonaba una canción de despedida. El reggae y el punk se mostraban en caída libre: «Entre el músico y el propietario, el amargo antagonismo de capital y trabajo se vuelve a reproducir. Sin embargo, socialmente, el músico promocionado queda aislado dentro de la realidad de la explotación y para conseguir el éxito debe someterse más al capital que una masa de trabajadores industriales ganándose la confianza a través de números. Por eso, la revuelta contra el capital por parte de las estrellas del pop es más extraña e histriónica (por ejemplo, el endémico desmadre o la clandestina estupidez de Eric Clapton negándose a tocar hasta que su contrato discográfico expirara, el guitarrista Jimmy Page retirándose a un área en construcción). La frustración nunca se ha expresado como un ataque generalizado y directo al capital musical como tal. Con toda probabilidad nunca lo hará, porque la función del arte en el capitalismo de los tiempos modernos es fundamental y si esta “nueva” aristocracia trabajadora logra rebelarse contra sus patrones, también tendrá que rebelarse contra su propio rol. Como Gianfranco Sanguinetti dijo, “toda rebelión expresada en términos de arte simplemente acaba como la nueva academia”. El punk y el reggae son simplemente los últimos reclutas para entrar en la nueva academia». Era el final, el final de la… música.

Dave Wise cuenta que a finales de los setenta se topó con Joe Strummer en una calle de Londres. Strummer, que los conocía y sabía la fama de irreductibles ganada a pulso entre coherencias, renuncias y enfrentamientos, se mostró incómodo. La presencia de los antiguos miembros de King Mob abrumaba. Strummer ya era una estrella rock. Titubeó y quizás hizo un amago de saludo. Dave me aseguró que casi cambió de acera. No lo hizo, pero pasó a su lado como si estuviera avergonzado, como si escondiese algo, como si aquel gesto le diera la razón de lo que expresaba el primer gran ensayo sobre punk.