Dostoievski convertido en una bomba: Los libros «explosivos» y la literatura

Ejemplos de libros «dañinos» pueden ser el famoso Anarchist Cookbook de William Powell, que vio la luz en 1971. Powell, por aquellos años, estaba convencido de que esta era su contribución para poner fin a la guerra en Vietnam, aunque quiso evitar que se conociese su nombre. El libro era una sucesión de consejos sobre fabricación de bombas. Le entregó el manuscrito al editor Lyle Stuart, quien lo publicó y reimprimió decenas de veces hasta que en 1991 vendió su catálogo a Steven Schragis, un editor moralista y temeroso de Dios. En los sucesivos años, el mismo FBI fue responsable de varias ediciones en las que se daban consejos erróneos para provocar explosiones accidentales y, de esta forma, tirar por tierra los planes de los disidentes, exponiéndolos  públicamente. Al cabo de un tiempo, no se podía saber qué edición del libro era la auténtica o la manipulada. O también el publicado e ideado por Robert Kedzie, quien en 1874 publicó por su cuenta un extraño libro que tituló de una forma aún más extraña: Shadows from the walls of death (Sombras de las paredes de la muerte), una especie de catálogo de 86 tipos de papel pintado con una introducción de Kedzie en la que aseguraba que el papel, que entonces se fabricaba en todo el país, Estados Unidos, estaba sembrado de veneno mortal, concretamente de unos altísimos niveles de arsénico. Las mismas páginas del libro contenían cantidades de veneno que podían ser mortales. Los libreros lo retiraron y, en la actualidad, un ejemplar se exhibe en una universidad convenientemente protegido para evitar ser tocado directamente.

Sin embargo, ha habido otra clase de libros «dañinos» que han vinculado a escritores y obras con atentados. Posiblemente, Crimen y castigo ha sido una de las obras que más ha influido a lectores de toda clase de ideologías, aunque lo cierto es que al centrarse, lo mismo que Los Hermanos Karamazov o Los endemoniados, en la época de los nihilistas rusos y su campaña de violencia ha fascinado a muchos revolucionarios a lo largo de décadas.

Fiódor Dostoievski

Fiódor Dostoievski

«El primer libro bomba se utilizó en 1908 por los terroristas indios, aunque no llegó a detonar, como un paso más en los métodos terroristas similares a la carta bomba, que comenzó a utilizarse en los años del nihilismo y terror ruso, en 1895»

Crimen y castigo ha servido para tratar problemas que tienen que ver con la condición humana, la moralidad, el terror o el compromiso. Su autor, que había padecido la prisión en Siberia, no simpatizaba con el anarquismo. Más bien todo lo contrario, personificando a Bakunin como una especie de mesías apocalíptico al frente de una secta fanática. Crimen y castigo, además, ha pasado a la historia como una de las obras que más frecuentemente convertida en libro bomba, formando parte de una tradición que tiene más de un siglo de historia. El primer libro bomba se utilizó en 1908 por los terroristas indios, aunque no llegó a detonar, como un paso más en los métodos terroristas similares a la carta bomba, que comenzó a utilizarse en los años del nihilismo y terror ruso, concretamente en 1895, cuando un anarquista ruso, que no pertenecía a ninguna organización, envió una carta explosiva a un mando de la policía, aunque no explotó. Posteriormente, sería usado por el terrorismo sionista del grupo armado Irgun, uno de los más sanguinarios de la historia, aunque también por Septiembre Negro. Los libros bomba eran complicados de detectar. Solían ser casi siempre libros en tapa dura, bastante gruesos, pero que al tomarlos revelaban un peso anómalo y la encuadernación podía verse que había sido manipulada. Dostoievski jamás pensó que sus libros serían utilizados para camuflar pequeños artefactos, como sucedió durante los sesenta y setenta, con la aparición de numerosos grupos armados alrededor del mundo, pero también en España.

Fotografía de B. Calkins

Fotografía de B. Calkins

Durante los primeros años de la década del dos mil hubo una autentica fiebre ibérica por los libros bomba. En abril de 2000 fue interceptado en la sede en Madrid de La Razón un paquete bomba dirigido al subdirector del periódico, Jesús María Zuloaga, que contenía 100 gramos de cloratina junto a un ejemplar de Crimen y Castigo. Un grupo de apoyo a los presos comunes FIES (Fichero de Presos de Especial Seguimiento) se atribuyó el envío. 

No fue la única obra de Dostoievski que escondía un explosivo. También El doble, otra obra de Dostoievski, contenía una sorpresa camuflada entre sus páginas. El falso remitente fue la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), y fue enviado al también subdirector del diario La Razón, Alfredo Semprún. La elección de los títulos y autores respondía a un intento por asociar estos con las razones del envío de los libros bomba, como Emily Brontë y su best seller Cumbres borrascosas, que fue enviado al redactor de El Mundo Agustín Yanel.

Por entonces varios grupos y células anarquistas enviaron libros bomba. Algunos provenían de Italia, como el libro bomba que fue remitido a El País en diciembre de 2002 desde Milán y que contenía 40 gramos de explosivo en el interior. Fue desactivado por la policía y contenía un escrito firmado por el grupo anarquista italiano denominado Las Cinco C (Célula contra el Capital, las Cárceles, sus Carceleros y sus Celdas).

Recreación realizada por el FBI de uno de los libros bomba usados por Unabomber

Recreación realizada por el FBI de uno de los libros bomba usados por Unabomber

«El artista conceptual Gregory Green, desde 1992, ha realizado obras de arte que, en realidad, son libros convertidos en bombas, como sus famosas “biblias bomba”. Los explosivos eran colocados en capítulos significativos como “La muerte de Abel”».

Muchos de estos ejemplares han sido exhibidos en exposiciones organizadas por las policías de distintos países, como obras de ingeniería rudimentaria pero que dan la apariencia de acercarse al «arte», como una simbiosis entre elementos en principio antagónicos (la razón y las armas), pero que refuerzan el aspecto visual y estético de un libro que, en realidad, hace realidad la manida idea del libro como «arma». Unabomber, con su campaña de atentados que sacudió Estados Unidos durante los setenta, también utilizó el libro bomba, y posiblemente lo puso de «moda» nuevamente. Esta relación entre el objeto, el libro, y sus fines, ha sido explotada y puesta en relación por el mundo del arte.

El artista conceptual Gregory Green, desde 1992, ha realizado obras de arte que, en realidad, son libros convertidos en bombas, como sus famosas «biblias bomba». Los explosivos eran colocados en capítulos significativos como «La muerte de Abel».

Gregory Green y sus «biblias bomba»

Gregory Green y sus «biblias bomba»

Los libros bombas siguen circulando, pero los tiempos cambian. En los últimos años han sido utilizados por el ISIS. No han elegido a Dostoievski ni Emily Brontë sino copias del Corán que escondían peligrosas sorpresas.