Cuando Billy Bragg le cantó a William Blake

El muro había caído hacía muy poco y en Europa se hablaba una y otra vez del «final de las ideologías». Incluso los defensores de una implosión izquierdista, de aquella lucha de clases en una encrucijada que se decía casi mortal, contaban con sus propios filósofos que anunciaban el «final de la historia». Nada, aparentemente, cambió. Al año siguiente, cuando amaneció la década de los noventa, se hizo evidente que aún los fuegos seguían encendidos y que el discurso poco o nada había cambiado. En Inglaterra, el músico y activista trotskista Billy Bragg publicó un disco que inicialmente vio la luz en forma de Ep bajo el título de The Internationale, un trabajo deliberadamente político que parecía impugnar muchas de aquellas supuestas verdades que se presentaban como oficiales y también «científicas».

Billy Bragg, The Internationale (Liberation Records, 1990)

Billy Bragg, The Internationale (Liberation Records, 1990)

The Internationale era una sucesión de himnos proletarios, la visión de un mundo tomando aliento y levantando la cabeza para avistar los focos de aquel incendio que aún seguía y seguiría vigente. Había canciones sobre Nicaragua, donde revolucionarios de decenas de países acudían imitando el brigadismo internacional de la revolución española. O sobre Phil Ochs, el cantautor de música protesta de los sesenta que lideró la turba de artistas de izquierdas del Greenwich Village y al que muchos recordaban de los tiempos en que compartió escenario con Victor Jara en Chile (cuando décadas después, el FBI desclasificó su expediente y se descubrió que este era un voluminoso documento de 410 páginas).

Pero entre todas aquellas canciones, brillaba una que se convertiría en la bandera de Billy Bragg, la que lanzó como el que debería ser el nuevo / viejo himno de la agonizante clase trabajadora inglesa. Se trataba del famoso poema Jerusalem (1804), del poeta y visionario William Blake, quien lo incluyó en su obra dedicada a Milton. «Se pregunta como la moral de Cristo puede ser compatible con la moralidad de la explotación», afirma Bragg en el libreto de The Internationale.

Lámina original de Jerusalem de William Blake

Lámina original de Jerusalem de William Blake

Jesuralem fue propuesto por Bragg y otros como himno de Inglaterra, pero de una nueva Inglaterra, la utopía revisitada según las ideas de Moro o Campanella. Al fin y al cabo, hablar de Jerusalem en pleno siglo veinte equivalía a reivindicar el paraíso prometido. Construir un reino de Dios en la tierra, un mundo liberado de sí mismo.

Lámina original de Jerusalem de William Blake

Lámina original de Jerusalem de William Blake

Quince años más tarde, en septiembre de 2005, el incansable Bragg volvió sobre los pasos de Blake y de aquel poema. Mientras la televisión nacional retransmitía las imágenes de euforia deportiva en las que miles de seguidores y hooligans tomaban Trafalgar Square, en el centro de Londres, Bragg escribió al Daily Mirror y volvió a empuñar el retrato de Blake como una imagen en contraposición y como la imagen radiante de una promesa. Un deseo para las generaciones futuras. «Cuando apoyamos a Inglaterra, deberíamos cantar nuestra propia canción. Somos el único equipo que en el último mundial no tenía su propio himno. Esto tiene que cambiar: Jerusalem, de William Blake», afirmó.

 

Jerusalem

«Y caminaron esos pies en tiempos remotos

sobre el verde de las montañas de Inglaterra

y fue entonces visto el Sagrado Cordero de Dios

en los agradables pastos de Inglaterra

Y brilló el Divino Semblante

sobre nuestras colinas nubladas

y fue Jerusalén construida aquí

entre esos molinos oscuros y satánicos

Traedme mi arco de oro ardiente

traedme mis flechas de deseo

traedme mi lanza - abríos, oh, nubes

traedme mi carro de fuego

No cesaré de luchar

ni se dormirá mi espada en mi mano

hasta que hayamos construido Jerusalén

en la tierra verde y apacible de Inglaterra»