¡Derribemos los museos! ¡Acabemos con el rock and roll!

A comienzos de los sesenta, Henry Flynt, un artista dispuesto a destruir el arte, tal y como décadas atrás lo habían intentado, y casi logrado, los dadaístas franceses y alemanes, se embarcó en una campaña contra la música que calificó de «seria». Armado con una pancarta en la que podía leerse «Derribemos los museos», abrazó una causa en la que parecía estar solo. Pero no lo estaba; en muchas partes del mundo surgieron grupos de partisanos que producían cuadros o música pero que no tenía pretensión alguna de convertirse en arte. Cuando se les preguntaba sobre ello, respondían a la defensiva y describían un programa revolucionario.

Un puñado de hermosas instantáneas muestran a Flynt paseando alrededor del Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York o el Lincoln Center y convertido en un hombre en guerra total contra el mundo. Los visitantes lo observan extrañados. Hace frío y Flynt luce orejeras y un grueso abrigo. Su «totalitarismo» es eso mismo: la impugnación absoluta de los museos y el conservadurismo en las artes a favor de la obra de arte total; en su utopía, las ciudades serían campos de batalla y, al igual que los futuristas rusos, deseaba ver a los artistas produciendo un arte para la vida.

El compositor Stockhausen, tan provocador como siempre y, por supuesto, capaz de trascender con sus declaraciones el valor de sus creaciones, fue uno de sus principales objetivos. Para él, Stockhausen representaba la muerte, napalm en estado puro, idioticia en una bandeja de plata. En uno de esos furibundos manifiestos, aseguró lo siguiente:

 «¡LA DOMINACIÓN DEL ARTE EUROPEO BLANCO PLUTOCRÁTICO TE TIENE ESCLAVIZADO! Si alguien es intelectualmente honesto no puede creer en la doctrina de la supremacía del Arte Europeo plutocrático y sus “Leyes del Arte”. Son mitos arbitrarios mantenidos con la misma violencia represiva que oprime al pueblo. La dominación del arte patricio europeo, que en su origen era aristócrata y plutócrata, como podemos constatar en el traje de etiqueta de los conciertos de ópera, nos condena a una asfixiante mentalidad cultural propia de snobs que buscan trepar por la pirámide social. Nos ata a la más parroquial mentalidad de pequeños comerciantes, tal y como es promovida por el Reader’s Digest: “La música que te ennoblece al escucharla”».

Lejos de abandonar su particular guerra, cuando el país entero explotó a causa del conflicto en Vietnam, el inagotable Flynt añadió una nueva vuelta de tuerca a su postura, donde la música negra serviría de crítica a todo el sistema. No solo era Estados Unidos la raíz de un histórico mal sino también todo Occidente. En 1966 publicó un sorprendente disco bajo el título de I don’t wanna, que recogía nueve piezas de hillbilly y blue grass, todas ellas dominadas por una voz arrastrada y desquiciada, una auténtica locura que suena vanguardista sin pretenderlo y también extrañamente atemporal. No hay arrogancia alguna en lo que canta, ni en como canta. Otra de sus canciones, titulada «Goodbye Wall Street», es más de lo mismo.

El disco es como una isla en medio de un océano. Es punk antes del punk: «I don’t wanna go to South of Vietnam / I don’t wanna fight a million miles from home / I don’t wanna kill the vietnamese / I don’t wanna be shot down in a bomber plane / Give me a job right here at home / Give me a government a call my own», se le oye decir en «I don’t wanna», mientras su guitarra se embarca en punteos que no van a ningún lado (el tema parece que termina, pero la batería sigue unos segundos más, como si no supiese donde darse por vencida, hasta que finalmente lo hace, pero de tal modo que podríamos esperar que todo comenzase de nuevo). No era un negro blanco, sino un blanco que despreciaba la cultura producida por los suyos y que se pasa al otro bando.