El futurólogo en directo: profecías, catástrofes y otros pronósticos electorales
/EL FUTURÓLOGO RAFAEL LAFUENTE ACUDE EN 1980 COMO INVITADO A DIRECTÍSIMO, EL PROGRAMA DE TELEVISIÓN ESPAÑOLA PRESENTADO POR JOSÉ MARÍA ÍÑIGO.
En 1986, Televisión Española auguró que el PSOE ganaría las elecciones generales «por un escaso margen», lo que significaría el inicio del «ocaso político» de Felipe González, líder socialista y por aquel entonces presidente del Gobierno. La profecía llegaba por boca de un anciano, con cierto parecido a Rafael Alberti, que se expresaba en términos inevitablemente luctuosos.
«El próximo año Fraga puede confiar en que su papel político estará al alza desde mediados de marzo, lo que me hace pensar que las elecciones –que ya digo preveo para mayo– tengan como resultado un acuerdo armónico entre Fraga y Felipe González». «¿Un acuerdo entre Fraga y Felipe?», cuestionó incrédulo el presentador. «Sí. Como las elecciones serán muy apretadas, es posible que haya un acuerdo y no sería de extrañar que en el próximo Gobierno haya gente de centroderecha. La situación del país y el interés nacional lo demandarán», explicaba el adivino que, una vez más, pintaba de negro el porvenir tras haber anunciado un cataclismo a nivel mundial.
Con sus pelos largos y blancos, a lo Salvador Dalí pero sin mostacho, ni tan ácrata ni tan surrealista como pretendía, el vidente había dejado una impronta indeleble en los telespectadores de aquella España que en los estertores del franquismo estaba deseosa de saber qué depararía el futuro. Y conforme pasaba el tiempo y se iba haciendo más y más famoso, no tenía inconveniente en ir subiendo la apuesta: «A finales del 83, llegará la Tercera Guerra Mundial», declaró al periodista Jesús María Amilibia para ABC en diciembre de 1982. Y lo mismo a Tico Medina pocos días después: «Digamos que para primeros de noviembre, más o menos». Añadía, eso sí, que «España se salvará de la hecatombe. Va a sobrevivir porque no vamos a entrar en la contienda mundial. Afortunadamente».
El detonante del conflicto sería la muerte del ayatolá Jomeini en octubre. «Al morir Jomeini, interviene Rusia en Irán. Y luego interviene Estados Unidos. Ahí está el comienzo de la Tercera Guerra Mundial», advertía en enero de 1983, cuando tan solo un mes antes aseguraba que «el escenario de este enfrentamiento será Europa». Para mayor descanso de los lectores incautos, el conflicto no iba ser atómico, aunque «quizás al final» se emplearían armas nucleares. Un año más tarde, en diciembre de 1983, los mismos periodistas volverían a preguntarle sobre lo que iba a deparar 1984, sin molestarse en mencionar que para entonces el mundo debería estar sumido en un apocalipsis que aún no había estallado. Al recordarle su predicción, añadía: «Hoy creo que el peligro estuvo entre 1982 y 1983. Al menos hasta 1989 se impondrá la sensatez. Después…».
Con motivo de los comicios, el adivino se estampó otra vez contra la realidad. En las elecciones generales de junio de 1986, el PSOE volvió a arrasar, obteniendo casi 8,9 millones de votos y 184 escaños frente a los 5,2 millones de papeletas y 105 diputados de la conservadora Coalición Popular. Y no solo no se materializó aquella gran coalición, sino que el exministro franquista Manuel Fraga se retiró sin gobernar de la política nacional —aunque sí lo haría, por desgracia, en Galicia— y no sería hasta 1996 que José María Aznar alcanzaría Presidencia del Gobierno, bajo las siglas del rebautizado Partido Popular. Pero es que, si hubiera sido por el bueno de Rafael, González habría salido de La Moncloa doce años antes. ¡Y él mismo no hubiera estado vivo para verlo! «¿No me dirá que sabe hasta el día que va a morir?», le preguntó el periodista Manuel del Arco en una entrevista para La Vanguardia, publicada en enero de 1971. «Lo sé y lo he publicado: el 16 de enero de 1976», había respondido el futurólogo.
EL NOSTRADAMUS DE ANDALUCÍA
«Ruego aplaces la fecha de tu muerte, pues deseamos que intervengas en Tertulia Indaliana. Abrazos, Jesús de Perceval». Al recibo del telegrama, hacía más de un lustro que su destinatario, el astrólogo Rafael Lafuente, había pronosticado que morirá el día 16 del presente mes. Es por eso que su amigo, el pintor y escultor almeriense Jesús de Perceval, le rogaba que pospusiera el deceso y acudiera puntual a su compromiso con el Café Granja Balear de Almería. Desde hace más de treinta años, los intelectuales más destacados de la sociedad almeriense de posguerra se reunían allí, bajo el emblema rupestre del Indalo, descubierto en la Cueva de los Letreros de Vélez-Blanco a finales del siglo XIX. Un símbolo neolítico de la buena suerte que todavía es considerado un tótem en el norte y levante de la provincia de Almería, especialmente en Mojácar, donde lo pintan con almagre para proteger las casas de las tormentas y el mal de ojo.
Aproximadamente a una hora y media en coche de allí, en Serón, un humilde municipio situado en la parte occidental de la comarca del Valle del Almanzora, nacía nuestro protagonista, el 13 de febrero de 1914: «Un año en el que sucedieron dos catástrofes: la Primera Guerra Mundial, y mi propio nacimiento». Cuentan que en sus años mozos se fugó con una joven gitana de catorce años de la que se había enamorado, abandonando a su mujer y a sus dos hijos para vivir de la chatarra y del estraperlo cerca de un año y medio, hasta que lo sorprendió la Guardia Civil y acabó con sus huesos en el calabozo. Escribiría sobre todo aquello en Los Gitanos, el Flamenco y los Flamencos, publicado en 1955, tal vez su libro más celebrado, y no por ello menos pintoresco, en el que relata sus andanzas como juglar y andarín, a lo ancho y largo de España. Y su parada y fonda en aquellos lujosos balnearios donde exprimía la buena fortuna de la palma de las manos de mujeres adineradas que, según el mismo recordaba, «quedaban satisfechas» a pesar de no tener ni idea de quiromancia.
«En principio, yo llevaba las de perder porque no venía a traer buenas nuevas ni a anunciar un futuro feliz para el mundo. Y como a la gente le gusta creer lo que quiere creer, y rechaza lo que le desagrada, mis vaticinios sobre el próximo final de las vacas gordas y sobre las perspectivas sombrías del mundo, no iban a encontrar ni buena acogido ni mucha credibilidad»
Algo conservaba de aquel Rafaelillo nuestro futurólogo Lafuente, quien décadas más tarde se haría famoso en toda España, y sin rubor alguno, como profesor, escritor, articulista y «charlista políglota», antes que adivino. Ya fuera como avezado tertuliano televisivo «sin pelos en la lengua», capaz de tildar a Picasso como «un chalao que pinta» o de declararse «contestatario desde la cuna»; o labrándose una fama como provocador columnista, autoproclamándose «subnormal moderado porque Dios me hizo así» e insistiendo —sin que nadie se lo preguntara— en que él no era «una muchachita que acude a una casa de citas para hacer cosquillas en el culo a un subsecretario».
Pero lo cierto es que al estallar la Guerra Civil, Lafuente se libró de ir al frente por su don de lenguas: «Sabía idiomas, escribía a máquina bien y esas cosas. Y decepcionado porque yo lo que quería era pegar tiros, pues hice un cursillo y salí con grado de alférez. Al terminar la guerra me ofrecieron un cargo político y lo acepté. Después otro, y también lo acepté. Así fui en poco tiempo, no escalando, sino dejándome subir a una serie de peldaños políticos. Tuve varios cargos en Madrid, pero como yo no servía para la política, le pedí al ministro Arrese que me mandara de agregado a Berlín», a donde le destinan como inspector de trabajo para levantar acta sobre las condiciones laborales de los inmigrantes españoles en las factorías alemanas. «Una de las razones que me animaron a solicitar aquel puesto fue mi deseo de husmear en las instalaciones industriales del III Reich e indagar si, como yo sospechaba, los científicos alemanes trabajaban en un proyecto de fabricación de bombas nucleares —le reconoce al periodista argentino Esteban Peicovich en Reportaje al futuro, publicado en 1974— Mis indagaciones resultaron baldías. Pero mi fracaso en este campo se vio compensado por mi encuentro casual con un gran astrólogo suizo que había prestado algunos servicios al Ministerio de Propaganda».
Se trataba de Karl Ernst Krafft, el célebre astrólogo suizo que asesoraba a la cúpula del Partido Nazi, tras vaticinar un intento de atentado contra Adolf Hitler un par de años antes, en la misma cervecería de Munich que sirviera de escenario para el fallido golpe de estado de 1923. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces: el NSDAP había conseguido derrocar a la República de Weimar y al gobierno de Baviera, y el Führer terminaba su tradicional discurso anual de conmemoración diez minutos antes de lo previsto. Justo a tiempo para que no le sorprendiera la explosión de la bomba de relojería que el carpintero Johann Georg Elser había disimulado en una de las vigas del vestíbulo. La advertencia de Krafft permitió a Hitler anticiparse a la detonación y, pese a las sospechas iniciales de formar parte del complot, acabaría granjeándole la confianza de Heinrich Himmler y Rudolph Hess. Sobre todo, a costa a pronosticar la victoria definitiva del Reich, por más que su posterior lectura de las cartas astrales de Erwin Rommel y de Bernard Montgomery parecieran sugerir lo contrario.
A partir de aquí, los acontecimientos se suceden de manera premonitoria: Elser fue arrestado poco después, recluido en el campo de concentración de Dachau y ejecutado en abril de 1945. En enero de ese mismo año, Krafft moriría de tifus durante su traslado al Buchenwald, acusado por la Gestapo de alta traición, en base a una carta enviada a un oficial de alto rango una carta en la que pronosticaba el bombardeo del Ministerio de Propaganda en Berlín, apenas un mes más tarde. Iniciado en la astrología por el maestro suizo, Rafael no se muestra ajeno a las señales: «Pocos días antes de nuestra separación, Kraft me reveló que había estudiado a fondo el tema astrológico del Führer y del Tercer Reich, y estaba seguro de que el dictador moriría en la primavera de 1945, y que Alemania perdería la guerra». Y Rafael no estaba dispuesto a quedarse para comprobarlo.
Apenas duró un año en el cargo, asumiendo a su regreso a España el de Jefe Nacional de la Obra Sindical «Lucha contra el Paro», uno de los organismos de carácter asistencial dependientes del Sindicato Vertical, cuya función principal era la de mitigar el desempleo y tutelar a los españoles repatriados de la Unión Soviética. «Convencido, aún antes de volver de Alemania, de que el III Reich perdería la guerra, traté de persuadir a los gobernantes franquistas sobre la conveniencia de retirar a la División Azul del frente ruso e iniciar negociaciones amistosas con Gran Bretaña y Norteamérica —prosigue en sus memorias— Mi excelente posición dentro del Sindicato me permitía presionar fácilmente sobre los altos jerarcas de Madrid en el sentido de liberar a España, dentro de lo posible, de las consecuencias de la derrota de nuestros amigos los países del Eje». Mientras tanto, Lafuente llevaba al día un pormenorizado registro de los potenciales elementos subversivos que se acogen al auxilio social, hasta que uno de ellos le arrojó una granada a través de la ventana de su despacho. Algo que el mismo Rafael se apresuraría en desmentir: «Mis esfuerzos en pos de un sensato cambio de política cayeron muy mal a la Vieja Guardia de Falange. Y un día, un fanático camisa vieja me arrojó una granada de mano. Quedé mal herido. Y desde aquel día no quise saber más de la política».
PUEDO PROMETER Y PROMETO
Cualquiera lo diría, porque Lafuente no solo analizó públicamente el horóscopo del presidente Adolfo Suárez en un programa de televisión, sino que también lo hizo en privado, asesorándolo en momentos de crisis acerca de la viabilidad de algunas de sus reformas democráticas. Pero la influencia de Rafael en la Moncloa no empezó con Suárez. Con la entrada en vigor de la nueva legislación en materia de desclasificación de documentos oficiales, se constató oficialmente que el mismísimo Arias Navarro mantenía correspondencia personal con el futurólogo, quien le aconsejaba por carta qué días eran astrológicamente más propicios o desfavorables para intervenir en los conflictos políticos del país. Lo que nos lleva a detenernos en otro episodio histórico concreto: a comienzos de 1982, se produce un fugaz encuentro con Felipe González en el Balcón de Europa, en Nerja. «En Octubre próximo —le anuncia Lafuente— usted sucederá al Presidente Calvo Sotelo en la Moncloa». El fotógrafo de un popular semanario se apresura en captar la sonrisa cómplice con la que González recibe la noticia: «Ya lo sabía. Lleva usted varios meses insistiendo sobre ese vaticinio».
En el contexto actual de unas elecciones generales que ponen más a prueba que nunca nuestra confianza en las encuestas debido a las herramientas de manipulación digital que afectan a nuestra percepción de la realidad y las posibles injerencias de países extranjeros en los procesos democráticos, el discurso de Lafuente adquiere un sesgo inesperado
Una vez vistas las orejas al lobo, Lafuente recondujo su vocación de servicio público hacia la comunicación de masas; abandona Madrid y se muda a Torremolinos para cubrir una vacante de locutor en Radio Nacional de España. Con la misma estilográfica con la escribía discursos para el delegado sindical de turno, emprende una prolífica labor periodística en Sur, El Sol de España, La Vanguardia, Pueblo, El Noticiero, interviú o Triunfo. «La primera de mis predicciones públicas con cierta resonancia popular, se refirió al proyectado viaje espacial del Apolo XIII a la Luna —recordaría años más tarde— “No llegará a la Luna”, anuncié, “pues sufrirá un percance en el viaje de ida y será un milagro si sus tripulantes regresan a la Tierra sanos y salvos”. La predicción se cumplió, como fueron cumpliéndose sucesivamente, en su mayoría —el índice de errores osciló siempre alrededor del 8 por ciento— los posteriores vaticinios». Entre otros de menor importancia menor pero que tuvieron gran repercusión en la opinión pública de la época, destacan los de la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, la masacre de la Olimpíada de Munich, el terremoto y reactivación del volcán de la isla de Hierro en Canarias, la devaluación del dólar, sus augurios sobre el Sahara y algunas fechas críticas de la política española, así como la llegada al poder de Margaret Thatcher en el Reino Unido.
Y aún así la verdad es que pocas, muy pocas veces, dio en el clavo. Una de ellas fue en verano de 1974, cuando vaticinó que el presidente americano Richard Nixon no celebraría la Nochebuena en la Casa Blanca. Para llegar a semejante conclusión no eran necesarias dotes adivinatorias porque el republicano llevaba desde marzo en la cuerda floja, señalado por el Escándalo Watergate que le obligó a dimitir. O aquella otra, en julio de 1973, en el transcurso de una reunión de empresarios de la Costa del Sol celebrada en el Hotel Pez Espada de Torremolinos, donde advirtió a los asistentes que «en octubre las vacas flacas harían su inquietante aparición en los prados del triunfalismo celtibérico», y que sería prudente que se abstuvieran de pedir créditos a los bancos «como si el monte fuera a seguir siendo orégano indefinidamente».
En 1973 todo Occidente —España incluida— tendría que apretarse el cinturón. «La incipiente escasez de ciertos productos básicos se verá agravada por ese amago de infarto mundial, precipitado quizá por un conflicto bélico. La mecha soterrada que pasa por las pirámides de Egipto, por el Sinaí, por el Eúfratres y por otros puntos que conocemos los iniciados, estropeará no pocas cenas de Baltasar. En 1973, los gobiernos de los países ricos impondrán severas medidas de restricción del consumo. Frente al socialismo de Jauja, se impondrá el socialismo del desastre. Habrán de ser revisados todos los planteamientos triunfalistas».
Llegado a este punto, Rafael se mostraba resentido con la clase dirigente y «especialmente los políticos españoles a los que avisé numerosas veces sobre estos y otros quebrantos. Envié cartas certificadas —que naturalmente no tuvieron respuesta— a ministros de tres gobiernos sucesivos, tratando de que repararan en el cumplimiento de las predicciones que contenían mis cartas, predicciones que se referían tanto a la próxima fecha en que dejarían de ser ministros como a sucesos que nuestros vigías del futuro no estaban en condiciones de prever. Y nada. Perdí el tiempo lamentablemente esperando siquiera un cortés acuse de recibo. Pero el 20 de diciembre de ese año, confirmada por la realidad mi predicción sobre las vacas flacas que nos traería la guerra del Oriente Medio, era asesinado en Madrid el almirante Carrero Blanco. Y algunos de los personajes que habían desoído las súplicas del futurólogo para que lo tomaran en serio, creyeron en él a partir de entonces».
EL FUTURO ES VUESTRO
«Los planteamientos futuristas del mundo occidental tienen pies de barro —escribe Lafuente en Mensaje para tecnólogos, publicado en 1972— Se basan en la fe general en el progreso indefinido y en la capacidad de la Tecnología para lograr, a nivel material, todas las transformaciones imaginables. Pero esa base es falsa». Sostiene Rafael que el mundo moderno es futurista en lo externo pero interiormente hace demasiado tiempo que se ha quedado anticuado. «Los planteamientos futuristas del mundo occidental tienen pies de barro. Se basan en la fe general en el progreso indefinido y en la capacidad de la Tecnología para lograr, a nivel material, todas las transformaciones imaginables».
En el contexto actual, al borde de unas elecciones generales sobrevoladas por el fantasma del pucherazo que agitan voces como Ayuso, Feijóo o la ultraderecha de Vox, poniendo más a prueba que nunca nuestra confianza en las encuestas debido a las estrategias de desinformación, las herramientas de manipulación digital que afectan a nuestra percepción de la realidad y las posibles injerencias de países extranjeros en los procesos democráticos, el discurso de Lafuente adquiere un sesgo inesperado al acudir al Juzgado de Instrucción de Málaga en compañía de su abogado y amigo, Victoriano Frías, para presentar una denuncia por presunta estafa al computador Astro-Life y la empresa madrileña subsidiaria que vendía horóscopos en serie a través de una red de emisoras de radio. Rafael les acusaba de valerse de una publicidad falsamente científica para explotar la angustia humana. Según el escrito, «la pretendida seriedad científico-astrológica de los horóscopos fabricados se tipifica como delito por estafa en el artículo 529, primero, y como falta, en el 587, cuarto, ambos del Código Penal». Desconocemos si tan siquiera se tramitó la denuncia o a quién perjudicó la sentencia.
«En principio, yo llevaba las de perder —lamentaba Rafael— porque yo no venía a traer buenas nuevas ni a anunciar un futuro feliz para el mundo. Y como a la gente le gusta creer lo que quiere creer, y rechaza lo que le desagrada, mis vaticinios sobre el próximo final de las vacas gordas y sobre las perspectivas sombrías del mundo, no iban a encontrar ni buena acogido ni mucha credibilidad. Pero las contundentes evidencias sucesivas de que yo tenía hilo directo con el futuro, fue poco a poco transformando la curiosidad anecdótica que despertaba mi pintoresquismo, en un interés respetuoso. "El viejo de los pelos blancos" sabía cosas que los demás no conocían». No en vano, pronosticó que el fin del mundo llegaría en 1999; que el cristianismo caería en 1983 ante la hegemonía espiritual de la China y que ésta abandonaría para siempre el comunismo. Por equivocarse lo hizo hasta en la fecha de su muerte, en julio de 1990, sin que exista ninguna constancia de que alguna vez previera algo que no fuera obvio para cualquiera.
