Unos desconocidos fueras de la ley: Los «teddy boys» del toreo


«Una oleada desagradable recorre las dehesas». «Fueras de la ley y gamberros». Durante el franquismo, los maletillas, una turba de chicos de familias muy pobres que soñaban con ser toreros, fueron una amenaza para ganaderos y guardia civil, que los persiguieron con saña. La prensa los llamó «los teddy boys del toreo» y los asoció con el fenómeno del «gamberrismo»

 

La camisa bien abierta y el pelo largo cayendo sobre la frente, una pareja de maletillas salta la tapia de la finca en la que están los toros y, sin previo aviso, se ponen a torear. No tarda en llegar la guardia civil, que les grita y amenaza hasta que estos desisten y son sacados del terreno y detenidos. «No somos fuera de la ley», se lee en la prensa. En los pueblos, durante la posguerra, con el hambre acechando y la inmigración masiva hacia las ciudades, era frecuente ver a grupos de chavales que iban de un lado a otro con atillo al hombro junto a sus pertrechos para la «faena», como muletas de franela roja o capas viejas y descoloridas. Muchos se ofrecían a hacer demostraciones en pequeñas plazuelas de pueblo. Pedían unos duros, pero casi siempre eran echados por la policía. Comenzaba así un nomadismo que los llevaba una y otra vez a las carreteras y campos, avistando fincas y practicando donde podían. Los ganaderos los detestaban. Denunciaban continuos asaltos a sus tierras para torear sus toros y hasta se armaron contra ellos. Algunos maletillas, ante la imposibilidad de prosperar, entraron en la pequeña delincuencia.

Un grupo de maletillas a las puertas de una plaza de toros

Un grupo de maletillas a las puertas de una plaza de toros

Un maletilla, tras saltar al ruedo, es detenido por la policía, circa 1965. Fotografía: Prieto

Un maletilla, tras saltar al ruedo, es detenido por la policía, circa 1965. Fotografía: Prieto

LA IMPARABLE OLEADA

«Pepete, que se subió a lo alto del edificio Fénix en la plaza de las Tendillas de Córdoba. Una vez allí, cuando vio que llegaba la prensa, desplegó una pancarta en la que se leía: “Que sea la docta Córdoba la que diga eres torero. Pepete”»

Los maletillas, a comienzos de los sesenta, se multiplicaron. No había ciudad que no se librase de sus asaltos y destrezas, que en algunos casos acaban trágicamente, con cornadas y heridas graves. Para muchos eran gamberros, pero ellos lo negaban. Eran pobres, eso sí, pero no mendigos. Su sueño era torear y aseguraban que lo lograrían cueste lo que cueste. Había quienes se lanzaban como espontáneos al ruedo para demostrar su buen hacer. Y hasta organizaron, en aquella España franquista donde los héroes de la juventud eran boxeadores y toreros, protestas en ruedos —varios centenares— con pancarta incluida en la que se leía «Pedimos una oportunidad», como puede verse en el documental Juguetes rotos de Manuel Summers (1966). Pero no tenían dinero para torear. En su afán por llegar hasta el final y cumplir su sueño, algunos se embarcaron en temeridades, como Pepete, que se subió a lo alto del edificio Fénix en la plaza de las Tendillas de Córdoba. Una vez allí, cuando vio que llegaba la prensa, desplegó una pancarta en la que se leía: «Que sea la docta Córdoba la que diga eres torero. Pepete». Sus argucias no acabaron ahí y más tarde se dedicó a recorrer todas las redacciones de los periódicos locales pidiendo que publicaran su intención de casarse con una anciana millonaria para que lo sacara adelante. Algún medio lo hizo, siguiendo la (mala) fama de la horda de maletillas que vendía ejemplares.

El maletilla «Pepete» en lo alto del edificio Fénix en la plaza de las Tendillas de Córdoba

El maletilla «Pepete» en lo alto del edificio Fénix en la plaza de las Tendillas de Córdoba

FOTO EL CORDOBES ESPONTÁNEO MADRID POLICIA CALLEJÓN.jpg

«El Cordobés, que en más de una ocasión salió detenido por la Benemérita tras echarse al ruedo, fue uno de ellos»

Muchos los consideraban ye-yés y rebeldes juveniles. Su imagen era de pura bravuconería, decían que una nueva generación se abría paso. El Cordobés, que en más de una ocasión salió detenido por la Benemérita tras echarse al ruedo, fue uno de ellos. El turismo los fotografiaba como prototipo de chaval endurecido por la vida, una especie de chico del arroyo pasoliniano y quemado por el sol, curtido en batallas y percances, sin miedo a la muerte. Existía, además, una extraña conexión entre el rockero, entonces convertido en personaje maldito de las ciudades, y el maletilla. A muchos les gustaba el rock. Los toros tenían buena fama entre las estrellas pop. España vendía aquella imagen. Trescientos de ellos, en el verano de 1964, acamparon con sus hatillos y andrajos frente a la plaza de toros de Las Ventas, donde un empresario hacía pruebas cada sábado a aspirantes a torero. Meses después, los periódicos hablaban de «invasión» de maletillas, que solían verse en las entradas del metro pidiendo limosna con sus capotes abiertos sobre el suelo como reclamo.

 

BANDAS, ASALTOS, PROTESTAS

«Cada sábado, en la Casa de Campo, se reunían cerca de un millar de jóvenes para entrenarse en una fiebre que, aunque había ocupado la prensa años atrás, no decaía. Años antes, la prensa los llamó “teddy-boys”»

“Mucho se ha escrito —escribía el Diario de Burgos el 19 de febrero de 1972— de los maletillas, de su vida, de sus hambres, de su tragedia. ¿Quién no ha visto a un chaval, hatillo al hombro, haciendo autostop por cualquier camino de España? ¿Quién no los recuerda a la puerta de una plaza de toros con un cartel: "Quiero una oportunidad"? La figura del maletilla, del eterno aspirante a la gloria, ha llenado una página de la vida española. Será si quieren, pequeña, pero es una página. Quizá tuvo la culpa. El Cordobés, maletilla por antonomasia, protegedor de maletillas —por lo menos cara a la propaganda—, pero lo cierto es que el toreo, a base de llegar por el camino del maleta, fue, para muchos chavales, una forma más de dejar el pueblo, la miseria, de soñar con una plaza en olor de aplausos, con la puerta grande de las Ventas y, por supuesto, con todos los fajos de billetes que, según dice la leyenda, ganan los toreros. En una época en la que España era pandereta, sufriendo y pena la figura del maletilla surgió como una profesión más, con toda la fuerza». No paraban de crecer. Cada sábado, en la madrileña Casa de Campo, se reunían cerca de un millar de jóvenes para entrenarse en una fiebre que, aunque había ocupado la prensa años atrás, no decaía. También en el Cerro de los Locos, donde los situó Carlos Saura en su película Los golfos (1960). Años antes, la prensa los llamó «teddy-boys», la subcultura londinense asociada a la delincuencia y el terror callejero:

«Esto ya no son “ganas de ser torero”. Esto es el último brote de ese mal contemporáneo que atrincherado en las ciudades acaba de saltar al horizonte limpio de los campos»

La revista El Ruedo, el 28 de febrero de 1964, publicó un reportaje de tres páginas sobre los maletillas titulado «Los teddy-boys del toreo». «Esto ya no son “ganas de ser torero”. Esto es el último brote de ese mal contemporáneo que atrincherado en las ciudades acaba de saltar al horizonte limpio de los campos. Hace aproximadamente un mes cuatro irresponsables apartaron un semental de don Salustiano Calache en la dehesa de “Campocerrado”. Al día siguiente volvieron y los sorprendió un tractorista cuando ya andaban a mantazos con uno de los toros destinados para esta temporada. Pasaron a la cárcel de Ciudad Rodrigo y de allí a la de Salamanca. Cuando el ganadero quiso interrogarlos para conocer la trascendencia del atropello le contestaron: “O nos perdona o no le decimos cuántos le hemos toreado, y cuando salgamos volemos otra vez”. De la Prisión Provincial de Salamanca contesta el administrador, don Edmundo Huerta, diciéndome que aquella misma mañana de enero han sido puestos en libertad. Salgo derecho al bar “Federico”, tradicional refugio de los capichuelas. Pero nadie sabe ya por dónde anda “El Patillas” y los suyos»...

Maletillas y «teddy-boys» ( El Ruedo , 28 de febrero de 1964)

Maletillas y «teddy-boys» (El Ruedo, 28 de febrero de 1964)