Los legionarios que secuestraron un avión para desertar y acabaron en Suiza

Durante años, la isla de Fuerteventura soportó los desmanes del Tercio de la Legión. Hasta en dos ocasiones, varios legionarios secuestraron a punta de ametralladora aviones comerciales con los que intentaron huir al extranjero

 

Algunos isleños aún recuerdan a los legionarios, muchos de los cuales eran auténticas bombas de relojería, tipos patibularios que no veían otro aliciente que dedicar su juventud a pasar sus años donde nadie quería ir. Fuerteventura vivía en un estado de permanente terror a causa de la presencia de la Legión, concretamente por los 5.000 legionarios del Tercio don Juan de Austria que no dudaban en agredir y entrar en conflicto continuamente con la población local. La llegada de los legionarios cambió la vida de la isla. Puerto del Rosario, donde estaba situada la base, tenía por entonces una población de entre 8.000 y 10.000 personas. Los legionarios, cuando llegaron, eran la mitad. Habían pasado cuatro años desde la entrada del Tercio en Canarias después de que España perdiera el Sáhara, de donde llegaron los militares. Peleas, navajazos, colocación de una bomba en una discoteca, palizas a mujeres, robos de barcas de pescadores y alguna que otra muerte sembraron el terror en la isla, cuyas autoridades pidieron en repetidas ocasiones el abandono de la base cuanto antes.

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Llegada del Tercio a Fuerteventura

Llegada del Tercio a Fuerteventura

Instalaciones de la Legión en Puerto del Rosario

Instalaciones de la Legión en Puerto del Rosario

Sin embargo, poco podían imaginarse que la situación, lejos de mejorar, empeoraría con el paso del tiempo, hasta el punto de que en 1979 se produjo un hecho insólito, que a pesar de todo no fue el único: el secuestro a punta de ametralladora de un avión a manos de tres legionarios y que terminó con el aparato rodeado por unidades antiterroristas en Suiza.

Portada de El País dedicada al secuestro (7 de agosto de 1979)

Portada de El País dedicada al secuestro (7 de agosto de 1979)

La noticia, que salió en portada en todos los periódicos nacionales, fue narrada por El País de esta manera: «Cuando el DC-9, en vuelo regular de Iberia de Las Palmas a la isla de Fuerteventura, tomaba pista en el aeropuerto de El Matorral, en la tarde del pasado domingo, los noventa pasajeros que transportaba estaban lejos de pensar en un secuestro. El aparato tomó tierra con normalidad y en el mismo momento en que faltaban por desembarcar seis pasajeros, tres soldados legionarios -dos franceses y un chileno- irrumpieron armados de metralletas en el aparato. "Que no se baje nadie más; esto es un secuestro", oyó decir uno de los pasajeros que logró escapar en medio del gran revuelo que se produjo en el pequeño aeropuerto majorero. Jean-François Lyschik, Noel Eduard Seijen y Sergio Muñoz Carvajal -de veinticinco, veintinueve y veintidós años, respectivamente- llegaron con gran facilidad hasta el pie del DC-9 en un jeep militar del que se habían apoderado momentos antes, después de deshacerse de sus ocupantes -excepto el conductor-, todos ellos pertenecientes a una patrulla de la Policía Militar del tercio de la Legión Don Juan de Austria. Mientras los pasajeros descendían, el comando se acercó a una de las escalerillas y obligó a volver de nuevo al interior a los que bajaban».

«No atendieron los ruegos de sus mandos. Incluso se enfrentaron a la misma institución legionaria, al afirmar que lo hacían "para demostrar que la Legión no sirve para nada, así como tampoco los sistemas de seguridad del Tercio"»

Un avión DC-9 de Iberia como el secuestrado en 1979

Un avión DC-9 de Iberia como el secuestrado en 1979

No atendieron los ruegos de sus mandos. Incluso se enfrentaron a la misma institución legionaria, al afirmar que lo hacían «para demostrar que la Legión no sirve para nada, así como tampoco los sistemas de seguridad del Tercio». Desde entonces, el desarrollo del secuestro fue el habitual en estos casos, en los años calientes del secuestro aéreo practicados con frecuencia por grupos armados palestinos o alemanes, y con el objetivo, casi obsesivo, por parte de los secuestradores de alcanzar como sea suelo francés. Sus mismos compañeros legionarios fueron al aeropuerto para tratar de aprovechar algún momento de indecisión y tomar al asalto el avión antes de que este despegase. No lo lograron. Los coches y vehículos militares bloquearon el despegue, pero la situación empeoró cuando uno de los secuestradores colocó su ametralladora en la cabeza de uno de los pilotos y obligó a alzar el vuelo del aparato hasta que este desapareció del horizonte para desesperación de los mandos legionarios.

Había nerviosismo y mucho pánico entre la tripulación. Los legionarios también parecían dudar y ordenaron cambiar el rumbo en varias ocasiones. Tras dirigirse en un principio a Rodesia y más tarde a Nigeria y Marruecos, el aparato intentó aterrizar en Argelia, donde se le denegó el permiso. Poco después de la medianoche del domingo, el DC-9 de Iberia tomó tierra en el aeropuerto de Lisboa. Las autoridades portuguesas, sin embargo, no quisieron ceder. Las negociaciones se estancaron, pero lograron lo que hasta entonces había sido imposible: seis pasajeros fueron liberados, quedando en el aparato los tres miembros de la tripulación, dos azafatas y el mozo de limpieza. Poco después serían también liberados las azafatas y el personal de limpieza.

Recortes de prensa de la época dando cuenta de los desmanes de la Legión

Recortes de prensa de la época dando cuenta de los desmanes de la Legión

Legionarios en el interior del cuartel de Puerto del Rosario

Legionarios en el interior del cuartel de Puerto del Rosario

La Legión participa en la Semana Santa de 1993 en Puerto del Rosario ante la indiferencia de los espectadores

La Legión participa en la Semana Santa de 1993 en Puerto del Rosario ante la indiferencia de los espectadores

Repetían con insistencia que querían llegar a Francia, pero este país también se negaba a recibirlos bajo ningún concepto. A última hora, por miedo a que los secuestradores cometieran una locura mayor, Suiza aceptó que aterrizasen allí. El avión despegó, aterrizando en Ginebra, en el aeropuerto de Cointrin, tras numerosas horas de odisea aérea. Fueron aislados y rodeados de inmediato. Los legionarios, ya muy cansados, decidieron entregarse a condición de que fueran considerados no como terroristas sino como desertores.  

No fue el único caso. Tres años después, quizás alentados por la «hazaña» previa, otro legionario hizo lo mismo. Se llamaba Santiago Arramallana Castell, se había alistado voluntario y era natural de Logroño. Tenía apenas 19 años, pero no dudó en disparar hasta nueve veces mientras subía a toda velocidad por la escalera del avión y ordenaba a todos que le abrieran paso. Ya en el interior del avión se produjo un pequeño forcejeo. Castell, fuera de sí, disparó hasta en otras tres ocasiones, dañando el fuselaje del aparato. Sin embargo, el arrojo del comandante y segundo comandante del avión fue tal que se abalanzaron sobre este, logrando desarmarlo y retenerlo hasta que fue detenido por la policía. Aún, lamentablemente, la población de Fuerteventura tuvo que soportar muchos más años de violencia y tropelías cometidas por los legionarios, que al grito de «¡Viva la muerte!» dejaron un horroroso recuerdo entre los isleños. En 1996 dejaron una isla donde absolutamente nadie los extraña.