¡Esto es rock and roll!

«This is rock’n’roll / That’s my life until I die»

 The Kids, «This is rock’n’roll»

 

Para unos es el mayor pirata de la historia de este país y para otros el primer y gran rocker, la auténtica figura y voz del rock and roll en España. Agente Provocador entró en el mundo de José Luis Álvarez y habló con él. 1, 2, 3...

En American gods, la famosa novela de Neil Gaiman, los ancestrales dioses que un día dominaron lo que más tarde sería el territorio de los Estados Unidos (desde Odín, que llegó con los exploradores vikingos y nórdicos, hasta la furiosa guerrera hindú Kali), compiten por su supervivencia frente a los nuevos ídolos, deidades de plástico y realidad virtual, los dioses de la modernidad como la televisión o los ordenadores. La novela está atravesada por cuestiones de fe. Es simple: los dioses existen si creemos en ellos. Todos ellos están estereotipados, pero de forma distinta según se trate de un bando u otro. Los viejos dioses son borrachos y pendencieros, beben whisky a morro y se enfrentan a puñetazos; los recién llegados, en cambio, están dominados por el narcicismo, la vanidad, la adicción.

Unos y otros, según la novela avanza y descubrimos que estamos ante una epopeya mágica de grandes dimensiones, se reúnen en sus respectivos centros de poder. Mientras las nuevas deidades lo hacen en lujosos centros comerciales y rascacielos ballardianos, los caídos en desgracia montan cónclaves en decadentes atracciones de feria y desoladores espectáculos que pueblan los márgenes de las carreteras de Estados Unidos. En uno de estos lugares llamado Castle Rock, las descripciones de lo que va encontrando Sombra, su protagonista, son las de un gigantesco laberinto poblado de objetos antiguos y a la deriva. Son fósiles de un pasado glorioso. Hay esculturas de indios y animales disecados, tiovivos desvencijados, muñecas victorianas de porcelana, títeres rotos, decorados que muestran danzas macabras o carteles pop. Todo se narra en exceso. Todo parece a punto de echar el cierre en una demolición inminente que, sin embargo, no llega, y el público acude regularmente a perderse entre ese ayer. Quizás para eso mismo, perderse, o bien para hallar las respuestas que el mundo del mañana les niega.

«Un cartel de “Compra y venta” en la puerta y, a su lado, otro mensaje, esta vez dirigido a los policías judiciales que cada cierto tiempo van tras la pista de José Luis: “Cocodrilo records no está en esta dirección. Se fue sin dejar señas”»
 

 Las interminables estanterías con discos de José Luis Álvarez. Asegura tener unos trescientos mil

Las interminables estanterías con discos de José Luis Álvarez. Asegura tener unos trescientos mil

Puede que se acerque. Eso mismo, una sensación de ser el paseante de un museo privado o la Exposición Universal del Rock and Roll que no fue, es lo que sentí al cruzar las puertas del gigantesco local en el que José Luis Álvarez, posiblemente el primer gran rocker de este país junto a Teddy Bautista, almacena sus vastas colecciones y tesoros de un mundo que podría ser visitado por alguna deidad ancestral. El local, situado en los bajos de un feo edificio en el centro de Móstoles, pasa desapercibido. Puedes cazar las pistas que exhibe en su exterior, pero estas son engañosas; puedes dar con él, pero también pasar de largo. Un cartel de «Compra y venta» en la puerta y, a su lado, otro mensaje, esta vez dirigido a los policías judiciales que cada cierto tiempo van tras la pista de José Luis: «Cocodrilo records no está en esta dirección. Se fue sin dejar señas».

Es sin duda otra clase de centro de poder. Es un Jardín de las Delicias: trescientos mil vinilos cuidadosamente ordenados junto a cartelería y revistas, cómics de Alcázar o Capitán Trueno, estatuillas de los grandes del rock y un sinfín de fetiches que hoy parecen objetos kitsch: bustos de Franco y Mussolini, a los que adora y que en su caso funcionan como altares, junto a un spray matarratas, o un larguísimo arcabuz de la guerra del Rif que asegura le regaló el jefe de la resistencia mora a su mismísimo padre.

 José Luis y su colección de masters

José Luis y su colección de masters

Saluda con energía, ágil y despierto. Su refugio es como un reflejo suyo. Vestido completamente de negro y con el pelo echado hacia atrás, tiene unos ojos vivos y nerviosos. Habla sin parar y se mueve por aquella jungla como lo que es: el rey del rock and roll. «Antes no había quien me ganase bailando rock y todavía lo hago», confiesa divertido.

Es esa misma discordancia, un juego de espejos cóncavos y convexos por el que podemos filtrar la realidad, lo que me genera una sensación de hilaridad. Un estar dentro (lo que contemplo, todo lo que me espera al cruzar los pasillos) y un estar fuera (Móstoles, una barriada gris, un sol abrasador). Es ese exceso… de todo, lo que me asombra. «Siempre fui un hombre del régimen», dice en dos o tres ocasiones, mientras atravieso pasillos y más pasillos con interminables filas de vinilos y luego me enseña su preciada colección particular de singles en la que puedes encontrar primeras ediciones de buena parte de la música publicada en España durante el último medio siglo y en la que él, de una u otra forma, ha sido cómplice, encubridor o instigador, cualquier fórmula valdría. Pero, sin embargo, a cada paso que doy regresan los espejos, la discordancia, como si el rock and roll hubiese por fin alcanzado esa distopía no prevista aunque sí soñada por algunos de sus protagonistas, como si las declaraciones y el signo de la victoria del sonriente Elvis Presley mientras felizmente se subía a un avión rumbo a cumplir su patriótico servicio militar, o el apretón de manos entre Johnny Cash y Richard Nixon en plena Guerra Fría, como si toda esa feria de esperpentos y accidentes que incansablemente produce el pop hubiera terminado por cumplirse y el juego se hubiera vuelto más serio. Como si Ted Nugent, con todos sus sueños de emperador africano, fuese el último portavoz del totalitarismo rocker.

 Uno de los centenares de singles editados por José Luis

Uno de los centenares de singles editados por José Luis

Porque esta historia que almacena en estos cientos de metros cuadrados tiene un origen. Nació en Tánger en febrero de 1940 («Aún sigo teniendo amigos moros», confiesa casi excusándose, lo mismo que cuando menciona a  su actual pareja, una bielorrusa: «¿Quién me iba a decir a mí que acabaría con una soviética, eh?», añade mientras ríe). Más tarde, en abril de 1961, se trasladó a Madrid, pero para entonces ya se había convertido en un apasionado del rock and roll, un coleccionista compulsivo y gran observador de lo que sucedía fuera de un país cerrado a cal y canto y donde el rock and roll, al menos para las autoridades franquistas, no existía, lo mismo que «el problema de la juventud». Fundador de Fonorama (1963-1969), la primera y cuidada revista yeyé que, en su medio centenar de números y sus aproximadamente veinte mil ejemplares de tirada, informó sobre una pléyade de músicos nacionales y bandas subterráneas, clubs de fans, pandillas callejeras y las aventuras y desventuras de aquellos héroes de los delincuentes juveniles, Gene Vincent, Vince Taylor o Eddie Cochran. Muchos, que ya cuentan con nietos, lo escucharon siendo adolescentes y algo cambió en sus vidas, con programas de radio que parecían imposibles para aquellos años. Para muchos fue el Alan Freed español. Decid una fecha, una efeméride o un grupo pop de las últimas décadas y, posiblemente, él también haya estado ahí. Estuvo tras los primeros y más legendarios festivales pop, medió entre las bandas juveniles del extrarradio (Ojos Negros, Chaquetas Negras y otros llamados Los Nazis…) a mediados de los sesenta y la policía, firmó manifiestos a favor de la música yeyé y la juventud al tiempo que negaba que fuesen teddy boys o gamberros, publicó cientos de discos en sellos como Cocodrilo Records, la inmensa mayoría sin permiso alguno (este fue el origen de su mala fama entre muchas bandas, productores y sellos como el mayor pirata español de todos los tiempos) aunque cuidadosamente editados, como nadie hacía entonces, dotando al rock and roll de un aspecto de riqueza cultural. Luego, por supuesto, llegaron muchos más; sellos que explotaban el estilo y algunas otras revistas dirigidas al fenómeno fan, como Mundo Joven. Sin embargo, no resultaban creíbles. Fonorama y el mismo estilo de José Luis Álvarez —directo y entusiasta, como debe ser toda cultura pop que busca el contagio y las alianzas—, surgían de la calle, hablaban de la calle, devolvían todo lo que hacían a la calle. Sabían hacerlo.

Ahí, siempre estuvo ahí. Incluso, según dice, invento el «destape», cuando registró la palabra y, por este motivo, fue llamado por el censor, al que conocía: «Yo inventé esa palabra, pero de nada me sirvió ya que no saqué un duro, y también esas revistas en que se les ponía otra portada que cubría pechos y demás. Cuando me llamaron les dije que podían hacer eso, pero que la palabra la utilizaba todo el mundo. Los convencí».

Conoció a prácticamente todo el mundo con un nombre en aquellos años. Incluso a The Beatles, a los que entrevistó y, especialmente, a Paul McCartney: «Lo entrevisté en el hotel Fénix cuando vinieron a tocar a España —confiesa con orgullo, sabiendo que lo ha contado un millón de veces—. Estuvimos hablando cinco horas y me cayó muy bien. Luego lo volví a ver en un par de ocasiones». Pero «¿era el auténtico o el sustituto?», le pregunto aludiendo a la teoría conspiracionista que asegura que el verdadero McCartney falleció en un accidente de tráfico y que las autoridades inglesas (el M16, fundamentalmente) decidieron sustituirlo para evitar la previsible ola de suicidios y el desánimo nacional. «Pues no te digo que no y la verdad es que fue raro. Estaba a su lado, pero parecía no reconocerme. No hablamos, quizás porque de haberlo hecho hubiera visto el engaño al instante».

Le pregunto por una imagen icónica. Es el año 1962 y España es un desierto cultural. Un grupo de jóvenes baila desenfrenadamente en plena carretera frente al Circo Price durante las célebres matinés pop que se llamaron «Festivales de Música Moderna». La imagen, donde no faltaba la arrogancia y malos modos de todo ted, desató la alarma en las autoridades, la policía, el régimen. Ya no podrían negar la existencia de una nueva generación de jóvenes que crecían escuchando pop y soñaban con formar pandillas, divirtiéndose alocadamente y apropiándose de una cultura foránea. La prensa, como el lamentable artículo de Adolfo Marsillach titulado «Rebeldes sin causa», habló de gamberrismo y desórdenes, aunque nada de eso hubiera sucedido. «Estaba al lado y lo vi todo. Un grupo de chavales salió del concierto y se pusieron a bailar como locos. Fue un domingo, y acababan de dar la lista de los llamados a filas. Aquellos chicos estaban de fiesta y celebraban la buena o mala suerte, según se mire. Había mucha policía en la calle, porque aquel día era una costumbre irse de juerga, y pensé que habría problemas, pero no sucedió nada y los agentes se limitaron a mirar».

Celebraba guateques y fiestas pop a las que acudían las pandillas juveniles de la época, como los temidos y peligrosos Ojos Negros, a los que conoció bien: «En mis fiestas no había problema alguno. Los conocía a todos y, mientras estaban ahí, nadie se peleaba con nadie. Bueno, a la salida ya era otra cosa, pero yo siempre intenté mediar y que se estuviera por la música, el baile y la diversión, y no por otras historias». Él era alguien que podía entenderlos, que manejaba los asuntos de una forma para ellos inaccesible y, al mismo tiempo, fascinante. Era casi uno de los suyos. Por eso acudían una y otra vez a él, como consejero y quizás también como protector. En otra ocasión, ante la prohibición de la entrada de menores de edad a las discotecas, fueron a verle. Estaban más que descontentos: andaban cabreados. «Me dijeron que iban a tirar piedras contra el Ministerio».

 Imaginería y figuras de Franco o Mussolini se reparten por el gigantesco local

Imaginería y figuras de Franco o Mussolini se reparten por el gigantesco local

Algo similar sucedió en el famoso concierto de The Beatles en Madrid, celebrado el 2 de julio de 1965 en Las Ventas: «Había mucha gente que se quedó fuera porque no podían pagar la entrada, aunque también es verdad que no les hubiesen dejado entrar por las pintas. Me refiero a los chicos de las bandas. Estuvieron fuera todo el tiempo, calentando el ambiente con la policía que estaba controlando el concierto. Al terminar, vi que la cosa se estaba poniendo fea y uno de los mandos, que me conocía y sabía de mi afición por el pop, vino a hablar conmigo. Lo vi muy nervioso y me dijo que o se calmaban o cargaban y entonces habría una carnicería. La prensa estaba apostada fuera y se la veía deseosa de que hubiera jaleo para grabarlo todo, así que fui y hablé con los líderes de las bandas, que también me conocían de sobra. Lo que querían los periodistas era que se liase y se lo dije. Logré que se fueran, pero luego destrozaron algunos vagones del metro».

«¿Tuvieron, sin darse cuenta, al enemigo dentro, alguien que conspiraba a favor de una música que promovía las bajas pasiones y la sexualidad libre, o bien fue el cómplice y la pieza imprescindible de un totalitarismo que deseaba ofrecer una cara más amable para la progresiva normalización de una España en el llamado Espacio Económico Europeo?»

Mi primera sospecha: puede que cada palabra que dice se mueva entre realidad o ficción, o muy posiblemente sea todo una especie de realidad aumentada. A veces hay pruebas (firmas, fotografías, revistas…) de lo que dice, pero otras no. Mi segunda sospecha: este mundo de José Luis Álvarez que se mueve en extremos es todo lo que en definitiva el rock and roll ha sido y sigue siendo, entre el mito y una verdad, con frecuencia, áspera y triste. Como en el fondo aspiramos a que sea y siga siendo. Igual que esas deidades caídas en desgracia de Gaiman: un puñado de tipos mal encarados, resentidos con todo y al mismo tiempo con nada, de grandes egos y poco dinero.

 Franco, matarratas y Mussolini. ¡Ah! Y rock and roll...

Franco, matarratas y Mussolini. ¡Ah! Y rock and roll...

Sin duda aquel primer rocker, que hoy lo sigue siendo, ese creyente en el franquismo que cuenta con una de las mayores colecciones de discos del país y que puede que sea una de las tres o cuatro personas que mejor conoce el pop desde su nacimiento, fue un personaje fuera de marco, inaudito y extravagante para sus otros amigos, los del Régimen. ¿Tuvieron, sin darse cuenta, al enemigo dentro, alguien que conspiraba a favor de una música que promovía las bajas pasiones y la sexualidad libre, o bien fue el cómplice y la pieza imprescindible de un totalitarismo que deseaba ofrecer una cara más amable para la progresiva normalización de una España en el llamado Espacio Económico Europeo?

 José Luis nos enseña un master original de Ñu

José Luis nos enseña un master original de Ñu

Y llegamos al presente, que para él es igualmente un viaje a un pasado, concretamente a aquel inolvidable viernes 2 de julio de 1965. Son aproximadamente las 20:30 horas y los cinco mil fans gritan enloquecidos tras las palabras de presentación de un Torrebruno que hace de maestro de ceremonias: «¡Y ahora sí ha llegado el momento, sí, queridas amigas y amigos, aquí están por vez primera en España los fantásticos, los únicos, los Beatles!», grita en medo del clamor. Y nuevamente él, entre bambalinas, llevando a cabo un plan que tardó medio siglo en materializarse en forma de un cuidado vinilo de edición limitada. «Well, shake it up, baby, now (shake it up, baby)», se oye cantar en el escenario. Son los primeros acordes de «Twist and shout», pero para entonces todo marcha bien. Minutos antes, José Luis, impecablemente vestido como lo que es, el primer y gran rocker nacional, se ha deslizado bajo el coso taurino y colocado una grabadora Grunding de un cuarto de pista y cuatro micrófonos AKG junto a los amplificadores y la batería, registrando las canciones que una y otra vez desfilan. La grabación se publicó como el incomparable testimonio sonoro del cincuenta aniversario de aquel show. Sorprendió a todos. Nadie sospechaba de la existencia de aquella grabación legendaria hasta que él, nuevamente, con su varita mágica apareció con un máster y un disco que se agotó en minutos en las tiendas de discos.

 Elvis y Franco

Elvis y Franco

«El tipo me cambió las grabaciones y metió otros conciertos, y yo sin enterarme ni nada. Pero pronto lo solucionaré. Estoy preparando una segunda edición, pero esta vez con el show auténtico. Será la bomba»

Luego, al cabo de unas semanas, comenzó una polémica alimentada por casas de discos y beatlemaniacos que aseguran que se trata de un bluff, «una estafa más de José Luis Álvarez». Periódicos y foros arden, y no pasa mucho tiempo hasta que localizan aquel set de canciones y entonces se destapa el engaño: las canciones han sido tomadas de conciertos de The Beatles en París, Tokyo e incluso, de unas palabras en castellano cazadas a Paul McCartney durante un concierto que ofreció en Madrid en 1989. Parece el fin. O quizás no. El primer rocker, el productor legendario y el gran polemista termina por admitirlo. El único misterio, a día de hoy, es la espectral voz de Torrebruno, que sí es suya. El fraseo fue el mismo que en aquella noche en Las Ventas, pero hay quien sospecha que incluso hasta esta fue manipulada con algún tipo de artimaña posterior. Le pregunto por lo que algunos han calificado como la mayor estafa musical de los últimos tiempos: «Me engañaron. Grabé ese concierto. Tenía autorización del mismísimo Brian Epstein [José Luis, que lo conoció y entrevistó tiempo antes en el hotel Madrid de Sevilla, le preguntó al rey Midas si sería capaz de «lanzar mundialmente al flamenco». Epstein, fascinando con la tauromaquia, se fue con él a pasear por la Feria de Sevilla]. Me firmó un papel. Lo que yo no sabía era que el que me editó el máster me la jugaría», confiesa con gesto triste. Le miró con estupor y reconozco que no entiendo nada. «El tipo me cambió las grabaciones y metió otros conciertos, y yo sin enterarme ni nada. Pero pronto lo solucionaré. Estoy preparando una segunda edición, pero esta vez con el show auténtico. Será la bomba». Doble salto mortal. «Lo volverá a hacer», pienso.

 Una advertencia para agentes judiciales a la entrada del local

Una advertencia para agentes judiciales a la entrada del local

No puedo evitar sonreír. Miro a mi alrededor. Aquí, en este centro de poder todo parece posible. Más tarde, mientras escribo esto, aún sonrío más ante el comunicado que días más tarde de difundirse el escándalo hizo público Efe Eme, una tienda que había vendido y agotado la edición del disco. Vale, bien, el disco es un fake, podemos saltarnos esa parte, pero «en cualquier caso, sí queremos advertir que estas ediciones en sus tres formatos, y cuyas tiradas no son muy grandes, se convertirán con el tiempo en piezas de coleccionismo discográfico. De coleccionismo bizarro “made in Spain”, si se quiere, pero de coleccionismo al fin. Rarezas, “bootlegs” que con toda probabilidad acabarán revalorizándose dada su extraña procedencia y el valor que alcanzan las piezas relacionadas con la discografía de los Beatles».

Nadie ha devuelto el disco.