«Fuera rojos, viva Beethoven»: el asalto a la casa de Massiel

Cuando los encapuchados abandonaron su casa, la escena que dejaron era tremenda. En su piano habían pintado «Beethoven, sí». Sobre un cuadro, un retrato de la cantante, le añadieron flequillo y bigote hitleriano. También aparecieron esvásticas y, sobre su nevera, las siglas P. E. N. S., del ultraderechista Partido Español Nacional-Socialista, el equivalente español al Frente Nacional de Le Pen. Irrumpieron violentamente, con el rostro oculto y amenazadores. Lo primero que hicieron fue amordazar a la jovencísima asistenta Adelina. Luego, una vez allí, esperaron pacientemente a que Massiel llegase a casa. Cuando lo hizo, estaba acompañada de la portera y un técnico de televisión. Ambos le ayudaban a llevar unos paquetes. Al entrar se quedaron aterrorizados. Eran dos los asaltantes e iban armados con una pistola y un cuchillo.

Massiel se había convertido en una estrella de la canción, un personaje polémico que no dudaba a la hora de admitir sus ideas izquierdistas e incluso publicar un trabajo homenaje a Bertolt Brecht que, sin embargo, pasó bastante desapercibido. El disco fue el resultado del espectáculo A los hombres futuros: Yo, Bertolt Brecht, estrenado el 4 de noviembre de 1970 en el Teatro Bellas Artes de Madrid, donde trabajó junto a Fernando Fernán Gómez. Ambos interpretaban canciones y poemas del célebre dramaturgo y escritor alemán. Dos años más tarde, bajo el sello Ariola, salió publicado su disco Baladas y canciones de Bertolt Brecht. Un sector del país perseguía contar con un símbolo patrio. Massiel, no. Tras su éxito en Eurovisión, el régimen le concedió el Lazo de Isabel la Católica, reconocimiento que ella rechazó. «Me querían hacer la hija de España, pero los mandé a la mierda», comentó años después.

El ataque fue furibundo, torpe, cutre. «Cumplimos órdenes», se justificó uno de los asaltantes, en unas declaraciones que aparecieron en unreportaje publicado en la edición del 2 de agosto de 1975 de la revista Triunfo. Massiel, inicialmente, desconocía lo que querían, pero cuando vio las pintadas comprendió de inmediato: «Ya sé de qué vais», dijo. Uno de los ultraderechistas, que parecía muy joven (Massiel aseguró que no debía tener más de diecinueve años) y nervioso siguió mostrándose dubitativo: «Es que queremos hablar contigo [...] Seguro que nos vas a denunciar». La respuesta de Massiel fue negarlo: «Os prometo que si dejáis salir a estas tres personas yo esto lo olvido y me voy con vosotros adónde queráis». Casi parecía un diálogo cinematográfico: «Por favor, lo que sí os pedimos, ya que tenemos abajo a tres compañeros esperando, es que no pidáis auxilio antes de quince minutos», añadió uno de ellos instantes antes de salir, aunque posteriormente se comprobó que habían actuado solos y nadie les esperaba. Massiel perdía la paciencia: «Oye, mira, lo que sea pero que sea pronto...», les dijo. Y, entonces, se fueron.

Aunque la cantante pareció tomárselo con calma, no sucedió lo mismo con la asistenta Adelina, una leonesa con la mayoría de edad recién cumplida que tuvo que ser atendida en el hospital por una crisis nerviosa. Tras darle el alta, durante días, Adelina vivió obsesionada: «La pobre Adelina quedó en una situación nerviosa alucinante —cuenta el periódico—, fácilmente comprobable por la cinta magnetofónica que Massiel grabó durante el interrogatorio de la Policía, que llegó avisada por el abogado de la cantante. Si la chica oye un timbre, ve a alguien vestido de verde (color del traje del pasamontañas) o ve una cruz —incluso la ambulancia que la transportó al hospital— grita desesperada. "Pintaban una cruz con patas, señorita, una cruz con patas"».

El susto fue tremendo, pero quizás lo más doloroso para Massiel fue ver su famoso traje, aquel con el que cantó «La, la, la» en Eurovisión, cubierto por una cruz gamada.